lunes, 5 de marzo de 2012

'Cause everybody gotta die sometime.

 No hay más. Basta con saber como son las cosas. Basta con que fuese más rápido y se ahorrasen muchas situaciones. Basta con tener el tiempo suficiente para despedirse.

 Despedirse... Siempre odié las despedidas, por eso jamás me despediré, pase lo que pase. Yo tengo mi propia forma de ver las cosas, mi propia manera de seguir el ritmo. No es vivir atada, es vivir sabiendo que no necesito despedirme de algo que nunca me dejará.

 No es comparable. Comparar sería una falta de respeto.
 Pero se entiende, me vale con que una sola persona en este mundo lo entienda. Y tú lo entendiste. No necesito más.

 Así que sólo me queda decir "gracias". Por escucharme durante tantos días, por intentar entenderlo. Y por no olvidar.



"Al menos tú lo sabías, al menos no te decía que las cosas no eran como parecían..."

domingo, 4 de marzo de 2012

Castillos de arena.

 -¿Qué hace aquí?
 Le miró sorprendida, no podía creer que, finalmente, él hubiese ido hasta allí. No había nada allí que encajase con él, excepto que ella estaba allí y él lo sabía.
 -Así que es cierto, estás por aquí.
 -¿Por qué iba a mentir?
 No podía creer aquello. Era absurdo. La conversación, la situación... ¿Qué demonios hacía él allí? No era correcto. Ni siquiera se conocían realmente...  sin embargo allí estaba. Ya no podía evitarlo, ya no podía negarlo más. Su corazón latía demasiado rápido como para negarse a si misma que le encantaba que él estuviese allí. Pero no podía decirlo..no. Se armó de valor, le miró a los ojos, dispuesta a preguntarle que era lo que buscaba realmente allí. Le miró... y aquello la dejó sin palabras. Era la primera vez que estaban de ese modo, uno frente a otro, con un momento sólo para ellos. Miró esos ojos oscuros, él le sonrió.
 -¿Tienes tiempo?
 Realizó esa pregunta con una mueca, una mezcla entre una sonrisa amable y creída.
 -¿Tiempo?
 Se sintió estúpida al preguntar eso, pero desconocía a que se debía todo aquello. Le comenzaron a temblar las manos. "¡Maldición" pensó, aquello era lo último que quería que él notase. Estaba inquieta, y no sabía explicar por qué.
 -Tiempo. Me preguntaba si tienes algo que hacer después de esto.
 -Nada. No tengo nada que hacer.
 -¿Te apetece salir un rato? No te robaré mucho tiempo.
 -¿Salir? Claro, sería un placer.
 -Perfecto. Te espero fuera.
 Y sin más se dio la vuelta y la esperó, fuera, mientras miraba a la gente pasar. Aquello era absurdo, no tenía ningún sentido. Pero decidió seguirle la corriente, la curiosidad le podía. Y las ganas de conocerle mejor también. Se cambió rápidamente y salió a su encuentro. Él le volvió a sonreír. Comenzaron a andar y, sin más, se sentaron juntos a hablar. Simplemente hablar. Conocerse. Fue una tarde tranquila, de risas y confidencias, de debates, de opiniones comunes y enfrentadas. Para ella fue una tarde maravillosa. Él le estaba abriendo las puertas, dejaba que ella le conociese. Y ella le correspondió en todo momento.
 Pero el tiempo pasa, y anocheció demasiado rápido para su gusto. Llegaron a su destino, al lugar donde debían separarse. Se despidieron de forma cordial, como si un velo helado se hubiese posado sobre ellos y la cálida tarde hubiese sido olvidada. Ella se sintió desfallecer, le había tenido durante unas horas y, ahora, todo volvía a ser igual. Indiferente. No quería aquello, no ahora que sabía que él tenía algo, algo que ella deseaba conocer aún más, algo que le encantaba, le asustaba y hacía de él algo adictivo.
 -¿Puedo preguntarte algo?
 -Adelante.
 -¿Por qué has venido hoy? No logro entender con qué fin podrías venir hasta aquí.
 El se rió, con esa risa nerviosa que había descubierto esa tarde y que tanto le había gustado.
 -Quería verte y conocerte. Pero sólo a ti, saber como eres de verdad, sola. Quería encontrarte.
 -No me esperaba esa respuesta.
 -Es lógico. Vas a llegar tarde, deberías marcharte ya.
 -Tienes razón... Gracias.
 Se dio la vuelta y comenzó a andar. Seguía sin entender nada. No podía ilusionarse, era absurdo. Aceleró el paso, intentando huir de algo que había sido fantástico, pero un grito la paró. Él la llamaba, de nuevo él. Se paró y esperó a que él la alcanzase sin aliento.
 -Ahora tengo yo una pregunta.
 -...Adelante.
 -¿Esto se podrá repetir?
 -Ya sabes donde encontrame.
 -No quiero volver a encontrate, quiero que me dejes buscarte. Depende de ti.
 -Estaré aquí, esperando a que me encuentres de nuevo.
 -¿Lo dices de verdad?
 -No podría mentir con algo así.
 -¿Puedo buscarte ahora?
 -Ya me has encontrado.

 No hizo falta más. Seguía siendo absurdo pero para ellos fue suficiente. No importaba el pasado, no importaba la gente, no importaban horarios ni comentarios. Aquello que habían ignorado tanto tiempo les desbordaba, lo sabían. Algo que ambos se preguntaban tuvo solución en una sola tarde. Él la había encontrado. Ella le había encontrado. Algo que no suele ocurrir.

Cansada del tiempo.



"Estoy cansada del tiempo."


Siempre estamos perdidos entre el "después" y el "ahora", cruzándonos en los pasillos, rozándonos con las miradas... no puedo más. Estoy cansada... Quiero tenerte, parar el tiempo, romper las horas.

Ya no creo en los momentos por llegar. ¿A dónde van los besos que no se dan? Los disfrutes que entre el después y el ahora vuelan.
No hay reloj que los detenga a espera de ser tomados. Y así me tiró ese reloj, de tic tac estruendoso, de ese tipo de estruendo que te hace despertar, como si todo hubiese sido un sueño.







Cosas que se encuentran por Internet. Me pareció genial.

sábado, 3 de marzo de 2012

Unilateral.


 "Creo que voy a empezar a romperme."

 Pero no fue suficiente. Tú preferías seguir tu propio ritmo, sin ataduras. Libre. Siempre fuiste así, es lo que más me gustaba de ti. Sabía que no podría tenerte, no de la forma que me gustaría. Eso es lo que te hacía tan especial.
 Sin embargo dijiste tanto... Dijiste tantas cosas que no imaginabas el impacto que harían en mi. Cada palabra tuya, cada gesto podía cambiar mi mundo en un solo segundo.
 Tú eras tan diferente, no necesitabas de nadie para brillar, para ser tan auténtico que no había forma de resistirse. Tú, que podías enamorar en un segundo, y odiar con una mirada. Tú, que decías que nada podría derribarte, porque nada te podía llegar a importar tanto como para herirte. Tú.
 Pero mentías. Y esa faceta tuya la conocía demasiado bien. Ella era tu mayor problema. La amabas, la amabas tanto que te daba miedo tenerla y, más aún, perderla. Ella era tu todo, y tu nada. Podías vivir sin ella, pero no podías escapar de su recuerdo. Todo lo compararías con ella, porque nunca encontrarías algo que te hiciera vibrar así.


 Si todo hubiese seguido igual no habría problemas. El problema son tus palabras, tus gestos, tus actos. Porque  no puedes llegar y fingir que la has olvidado, sé que no es así. Y, a pesar de todo, lo haces. Sigues en tu mundo, sin ella pero absolutamente dependiente de su condición. Nunca lo aceptarás. Y no seré yo quien consiga que lo hagas.

Scream.

 No es más que pedir a gritos que la encuentres. No pide más, tan sólo que observes, por un instante, su mundo. Que veas que está hecho trizas, que se derrumba por momentos. Que no sonríe porque quiera, que sólo busca soledad. Busca no volver a sufrir, ni a herir. Busca escapar y olvidar todo, no volver jamás. Tan solo desea que no vuelva a suceder, quizás perder de nuevo sea demasiado. Quizás esta vez no soporte ese peso que le viene grande. Pero jamás, jamás aceptará que es su mayor miedo. Porque el miedo crea debilidad y les da al resto un arma infalible para destruir. 
Todo.


"Y sólo quiero escuchar tu voz. Que siempre llego a la deshora que me marca el corazón y que, cuando estamos a solas, molesta el caparazón"




Como siempre, inolvidable.


 Quizás fue pedir demasiado.
 Es regresar a ese lugar, a su lugar de siempre. A ese lugar al que tanto le costó acostumbrarse y del que no puede escapar. Debe hacerlo, quiere hacerlo. Pero no es el momento.
 Ahora no puede abandonar a su suerte aquello que una vez le importó. No importa cuanto odie ahora, no importa cuanto quisiera cambiar esa situación. No puede. No tiene la capacidad ni el valor para hacerlo. Sólo puede quedarse escuchando y, cuando no puede soportarlo más... huir.
 Es fácil. Escapar, correr hasta quedar sin aliento. No importa nada, sólo llegar a ese lugar, el mismo lugar al que huye siempre. Observar las mismas luces de esa ciudad, el mismo cielo de cada noche de soledad. Oír el tráfico lejano a sus pies, el silencio residencial de esas noches, el propio latido de su corazón.


 Es absurdo, no es una solución. Pero es la opción más fácil, es lo que mejor sabe hacer, lo que más le protege. No necesita nada más.

 Only Breath. Heart Beat.


viernes, 2 de marzo de 2012

Él.

- No puede ser.
- ¿Qué ocurre?
- Está aquí, de nuevo. Es ella.
 No lo podía creer, se habían despedido de forma normal. Un adiós, y no volvió a verla. Tan pronto como llegó volvió a desaparecer.
 Pero él no la había olvidado. Esa mirada huidiza, ese dulce olor, esa frialdad que transmitía y que, sin embargo, se convertía en una dulzura infinita cuando sonreía. Ella nunca le miraba a los ojos, sonreía y apartaba la mirada. Cuando hablaban siempre lo hacía cabizbaja, con una extraña y dolorosa vergüenza, pero fascinante a los ojos de él.
 En realidad no había más, él lo sabía. No sabía nada de ella, las típicas cosas que uno pregunta o descubre por casualidad. Gustos musicales, comida, libros, cine... Algo importante para muchos pero que él veía como algo secundario. Sin embargo, él adoraba sus pequeños detalles. Su risa, si forma de ponerse un mechón tras la oreja, sus cambios de postura cuando se aburría, su forma de morderse el labio cuando se sentía incómoda o frustrada, su obsesión con el orden... No eran más que pequeños detalles que él solía observar pero que hacían, en conjunto, a esa chica. Esa chica que, de alguna forma, había conseguido que él olvidase su dolor, su pasado. Y no había hecho nada, salvo mirarle un segundo. Y abrazarle. Él jamás olvidaría ese abrazo fugaz. Fue perfecto, en el momento justo, con la sinceridad que él necesitaba. Nadie le había visto marcharse infeliz, y a pesar de todo ella corrió tras él, le miró y le abrazó. No dijo nada, tan solo le abrazó. Y para él fue suficiente. Jamás olvidaría esos segundos a escasos centímetros de distancia, jamás olvidaría su dulce olor, sus ojos llorosos, su respiración acelerada. Y, tras eso, su sonrisa. Ella le sonrió, él le devolvió la sonrisa. Y fue suficiente.
 Y luego se marchó. Estaba convencido de que no la volvería a ver, sabía que ella sería fugaz. Lo sabía, y sin embargo no pudo dejar de pensar en ella, de mantener viva esa esperanza. Y ahora allí estaba, ante él. Con la misma mirada que el primer día.
 Esta vez no la podría dejar escapar. necesitaba conocerla, necesitaba abrazarla, la necesitaba. A toda ella, sus virtudes, sus defectos, sus manías. Todo. Pero le daba miedo. Amar de forma incondicional le aterroriza, pero le asusta más, mucho más, que ella huya de él.
 Pero esta vez necesitaba comprobarlo...

- ¿Qué haces aquí?
- Te estaba buscando.

Y esas palabras fueron suficientes.
- No vuelvas a marcharte.

(...)